4 poemas de Jesué A. Oliveras

Como las gafitas mencionadas, los poemas de RRRR nos desfamiliarizan el mundo, nos lo distorsionan lo suficiente para que entendamos que algo está off. Ante ello, nuestras ganas de comprensión—ese impulso escolar—recorre
— Los editores

Jesué A. Oliveras (Bayamón, Puerto Rico, 1989). Cursó estudios de literatura comparada y estudios hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. A su nombre tiene publicados el poema/fragmento Traspaís (2020, La Impresora) y Dorso (2024, Riel), su primer poemario. Actualmente reside en Portland, Oregon.


 

I.

hablemos entonces de cuán solos
amanda hernández

pero es que de estar solos todos sabemos que el sol apesta hasta que cae la tarde, se sabe también que la música concierne cuando el dolor aprieta, pero basta. basta ya de multitudes aglomeradas en la tinta, basta ya del puño trinco rompiendo lápices de carbón mojado, basta ya de pensarnos lejos cuando estar tan cerca nos mutila. cuando pienso en cuán solos sólo pienso en dóndes o porqués. pero ¿hasta dónde? ¿hasta cuándo cosernos la ropa para el invierno que se avecina? ¿hasta cuándo este reguero de cucharas sobre la mesa esperando la comida? ¿hasta cuándo soportar la prisa de tenernos siempre? pero para qué, si ya sabemos; con tenernos y pulir los dientes, con amolar las uñas que escarban la promesa de un regreso la marea retrocede hacia la tarde y cruzando los dedos, tocando madera, la noche llegará sin mucho esfuerzo. y las pastillas que nos mantienen la espalda erguida y el orgullo intacto, el gotero que nos devuelve a sernos, la risa cómplice o el chiste cauto que dignifica, el acostarse tarde aunque haya que trabajar en unas horas (que nunca sobran, ni siquiera en los días feriados pues se trabaja siempre aunque no hagamos nada, aunque el día se nos vaya recordando ayeres maquillados, inventando cruces que nos quepan en la mochila cuando llegue el momento de volver a casa), en todo esto, en toda esta muchedumbre de soledad podrida se nos va el pescuezo. en todo esto se nos van las luces del mediodía sentados en los parques, en los balcones o en los tranvías, en todo esto la cabeza se nos duerme mientras pensamos versos. pero es que qué importa cuán solos si jamás conoceremos esa soledad real, esa soledad absoluta que nos presta el fuego para esfumarse o esa soledad de quien se muere sin más razón que porque se muere, se muere en todas partes y de todas formas y siempre solos. pero es que me fumo hasta el filtro, te digo, y nada llega. mucho menos esas postales que me debe el viento, esas canciones que me debe el ruido cuando amanece tarde y el reloj no suena. no sabremos nunca de cuán solos, no sabemos cómo aprovechar el tiempo cuando el instante nuevamente nos reinventa para matarnos y rematarnos hasta que el próximo momento nos considere amigos quizá, o quizá fue que se nos hizo tarde para despedirnos. de esa manera nos postergamos, nos doblegamos ante la posibilidad de movernos a otra parte, de lamernos las heridas hasta que llueva, saber que es luna nueva y no querer su ombligo. se nos aplanó la casa, la muerte nos busca con santa calma caminando junto al cartero. en la cartera sólo guardamos, lo aprendimos tarde, eso poco que somos, eso que nos llevamos, esa insuficiencia que tintinea con las llaves, contra el menudo suelto o recibo de compra. se nos fue la isla de las manos pero eso somos, como te digo, somos eso que se fue para encontrarse. 


II

todo comienza con una visita,
un retraso empecinado en parecerse a este veneno

a esta mordida sin cauce ni tregua que valga

sumando pasos agudos a las tareas del párpado
solapado en sus pliegues, vertido en sus truenos

apagándose tiernamente hasta conseguir
en la médula un color quel hueso no resucite

a la altura de un flamboyán 
el jardín de infancia permanece intacto 

el álbum familiar acumula fotos de un recuerdo
que a estas alturas ni siquiera es mío

pienso, en la medida en que mi honestidad me lo permita,
que cuestarriba la santidad de un instante de ternura,
de ternura terminal como diría el cuento de pepe liboy,
me concede un momento de silencio
para quien venga luego a salvarme
y decida quedarse lo suficiente
como para manchar de hemisferios
mi geografía.

que de aguacero tiene lo mismo
que de camino escupe la tierra
en su estúpida redondez anaquelada
junto a los libros que olvidé aquél septiembre.

sin embargo aquí estamos, aquí se cuentifican
las intimidades interrumpidas en su contexto
y apenas el rencor que consolidan es mencionado.

hay que ser agradecido y buscarse el verso
que adecuadamente nos encuentre arremangados
un domingo frente a una taza de café caliente
sin nada en qué ocupar el tiempo

meciéndose a merced del viento
y sus majestades

o sobre el abrazo medialunado
de cualquier hamaca

importa poco, aquí estoy mientras se enfría al desayuno
me acuerdo de ella y se me dibuja una sonrisa triste en la cara

en los ojos una lejanía que a nadie llega

que sólo es mía, pues la realidad del asunto
es que de la herida sólo quiero su borrón
de cicatriz o lucidez

antes del baile,
antes del próximo viaje que me ausente. 


III

adiós a la cordillera
a la armadura de valle y monte
adiós al flamboyán y su grito púrpura
adiós al jangueo, los chinchorros, la altanería 

hablar en arroz y habichuelas
bailar una salsita sabrosa
un jueves en río piedras

adiós… adiós a los amores breves
adiós a los adioses vertebrados
adiós a los amigos que no se fueron
y se quedaron cantando

bajo la luz de un poste
el estupor de un trago
el taco del último trancazo
trepando paredes con la lengua suelta

adiós a la cercanía de un beso en el cachete
para saludar o despedirse
bajo el emblema de un sol
que recién sale después de una noche larga

adiós a la satería domesticada y brava
en santurce cuando iba pa’ un show en el local

con dos gramos de perico encima
cualquiera se olvida hasta de su sombra
y busca la ruta más larga hacia el regreso

pues la luz llega cuando menos se necesita

y los camiones de basura son
la alarma de ese reloj redondo y vacío

que tenemos para no llegar tarde
al trabajo con una resaca puñetera

adiós al café con leche, el cortadito con mi
abuela cada domingo antes de que se fuera
de paseo por la ausencia y me dejara confundido
buscando con las manos los bordes de una foto

adiós a la servidumbre de tenerme
cuando el viento sacude las vértebras del mundo

adiós a la juventud
a esa vida que por un rato
me conoció atontado o dormido
bajo su sábana

adiós al afán de conseguirme un sueño que valga la pena

adiós a quien venga luego a saludarme
pues de lejos la imagen se completa

y es en esa lejanía en la que tarde o temprano
nos vemos solos maquillando ayeres incompletos
precipitándonos hacia la mesa

que ya está hecha
con el desayuno todavía caliente

adiós a las versiones de este fuego

adiós a la estufa de gas

adiós a la casa que ya no está
que quisiera llamar infancia

adiós a serme en mi propio idioma
sin la necesidad de explicaciones

adiós a tener un nombre definitivo

a la historia que aún gatea en los pasillos

a la tertulia de sobremesa

al silencio casual de quien entiende
la deuda de un respiro. 


IV

de la isla, ¿qué nos queda?
¿qué nos sobra cuando se busca un
canto ‘e tierra pa’ caerse muerto, si es el caso
de quien no tiene nada salvo un nombre?

de quien no huye de aquello que arrasa
con esperar por lo que sea que ayude
a estarse quieto

permanecer absorto junto al mediodía envenenado
la tarde ennegrecida antes de que el cielo la abandone

la luna es necia, supongo, tras aguantar
tanto verso y súplica

mas claudico ante la virtud de perderme en algo
inevitablemente ajeno a lo que llame
pero que al menos sirva para empezar
a restarnos las ganas de quedarse
en este hueco

sin esperar nada a cambio
que acuda a otro desastre

sucio difícil, como dice la abuela
tratando de limpiarme la costra
de infancia bajo el brazo, alrededor
del cuello, tras la garganta
hasta dejarme hecho un estorbo de
pulcritud frente a la sangre,

que casi es decir recuerdo,

que casi es pensarlo historia antigua
desde mañana

pues de qué nos vale estar atentos si la
vida nos pasa de largo sin saludar o despedirse

de qué nos vale resignarse al vano esfuerzo de estar presente

que se complique el discurso
que se argumente en contra de lo que somos
pues todo es duda carcomida hasta el cansancio
de dioses que no duermen o de hombros que no
se relajan del peso que los quema

qué desayuno preparar contento si a nadie aplica
el resultado final al cual se aspira

será perder amigos hasta que se comprenda
la estupidez que se hereda
de los buenos consejos que alguien tuvo alguna vez

que ya no sirven

para pensar puentes hay que buscarle fuego a cualquier estatua
que no quiera mierda encima
que no le represente nada a nadie
porque al final del día la sombra
nos toca sin ninguna preocupación
y nada que la espere
recibirá respuesta a pesar de
que las ganas de borrarla
coincidan con las velas

alumbrando mi ventana.